Archive for April, 2008

¿Cuántos días debería tener una semana?

Sunday, April 27th, 2008

Para algunos las semanas se hacen largas y para otros cortas. Supongo que en gran medida dependPara algunos las semanas se hacen largas y para otros cortas. Supongo que en gran medida depende de lo aburrida o entretenida que sea la vida tanto laboral como profesional de aquellos que lo piensen.

Podemos pensar que el hombre inventó el concepto de semana para determinar, al igual que se hace en la actualidad, los ciclos de trabajo y descanso de manera coordinada dentro de un poblado. De hecho, se cree que el término inglés week viene a proceder de un término que se asocia al “día del mercado”, lo que vendría a definir los ciclos en los que agricultores separados se reunirían en los núcleos urbanos para comerciar.

En la actualidad, en todo el mundo, parece relativamente estandarizado el concepto semanal de siete días… pero ¿por qué siete y no cualquier otra cantidad de días? Realmente, el concepto de siete días la única equivalencia astrológica que parece tener es el de cambio de fase lunar, pero en ese sentido, el ciclo es de 28 días (además, tampoco exactos) y las cuatro fases son términos más modernos que el inicio del concepto de semana.

Muchas sociedades antiguas usaban ciclos semanas diferentes a 7 días. Los chinos cambiaban, según deseo del emperador en funciones, el número de días de la semana, indicando el tiempo que deberían pasar trabajando antes de descansar un día, describiendo ciclos que van desde los 4 a los 10 días. Para los mayas habían semanas de 13 y semanas de 20 días.

Es cierto que en la Biblia (en el primer capítulo que comparten con los judíos) ya se define implícitamente el concepto semanal de 7 días “y el séptimo día descansó”, no obstante, dado que ambas religiones han sido desde su creación muy dadas a tomar preceptos populares de otras religiones coexistentes en sus inicios, podríamos asumir que las tomaron de sociedades como la babilónica, la persa o la india que ya lo tenían asumido. Para estos, había un día para cada astro conocido hasta entonces (Sol, Luna, Saturno, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus)

Fue tomado por Roma antes de la instauración del cristianismo (en el siglo III adC), en la que cambiaron de 8 a 7 días y desde entonces ha sido más o menos de uso común en Europa, aunque el calendario republicando francés (que fue abolido por Napoleón) definía semanas de 10 días y el revolucionario soviético (que duró desde 1929 hasta 1940) definía semanas primero de 5 y después de 6 días.

Pero una vez visto lo voluble del número de días que una semana ha tenido en la historia, me llama lo atención lo universal que parece hoy en día este concepto y lo asumido que se nos presenta, a pesar de ser una pregunta que muchos se han hecho en la historia y que, a decir verdad, nadie sabe en verdad hoy en día porqué escogimos 7 (porque si es por lo planetas, con los que hemos descubierto después ¿qué hacemos? ¿les quitamos también la categoría de planetas a Neptuno o Urano?).

El hambre de sensaciones

Tuesday, April 22nd, 2008

A lo largo de nuestra infancia somos instruidos en el arte de la buena conducta. No pegues a tus amigos, mea dentro del váter, lávate los dientes después de comer, duérmete que mañana hay cole.

A lo largo de nuestra precoz adolescencia nos damos cuenta de que el mundo de la buena conducta no nos es suficiente. Necesitamos encontrar engranajes más allá de los que de forma políticamente hemos aprendido en casa. Es una época en la que el mundo sigue siendo un universo por descubrir y la vida un reto por superar. Aprendemos a consumir drogas, a experimentar el placer y a asumir aventuras arriesgadas con final incierto.

A partir de ahí el camino es muy diferencial. Algunos asumen un oficio, otros escogen una carrera universitaria en función de las salidas que en dicho momento tenga el mercado y otros asumen un estudio supuestamente vocacional que solo nos plantea las mismas preguntas y nos da las mismas respuestas para todos y que raramente son capaces de interpretar o de hacer rentable cualquier antiapología del dogma profesional.

Y entonces llegamos al momento aquel en el que la madurez a veces sale a relucir. Llega un momento en la vida en la que nos damos cuenta, a base de recibir regañinas cada vez que levantamos la falda a una niña del cole, a base de salir de acampadas locas con nuestros colegas buscando una diversión que una y otra vez se nos acaba escapando, a base de levantarse todos los días a la misma hora para hacer algo que al principio nos parece deslumbrantemente nuevo y actual y que con el paso del tiempo se vuelve no solo rutinario e inmovilista.

Llegamos al momento aquel en el que nos planteamos que a veces es mejor aceptar las cosas que intentar cambiarlas, que nos aporta más resultados conocer de la manera más empírica posible los mecanismos que rigen cada aspecto de nuestras vidas que intentar imponer un criterio imaginativo, propio y evolucionista. Y, cuando asumimos esta tendencia vital y con el paso del tiempo vamos perdiendo facultades físicas o no tenemos tiempo para imaginar ninguna situación que simplemente lo aceptamos y nos dejamos llevar.

Desde este punto de vista, es como si la madurez repercutiera en una pérdida del impulso personal en pro de una mejor adaptación social, sentimental o laboral. Como si el equilibrio asociado a la madurez no fuera más que una armonización de los impulsos más duros que viven en nuestro organismo. A los individuos que son capaces de controlar sus instintos, planificar sus relaciones y ser correctos en toda situación los admiramos socialmente. A los individuos que se dejan llevar por lo que cada situación le ofrece, que disfrutan del momento y que pierden todo rigor social sistemáticamente los llamamos locos.

Yo pertenezco más al segundo de los grupos. Y lanzo al aire una pregunta a los del primer grupo ¿qué hacéis cuando vuestra alma os pide con aprensión una sensación concreta? ¿Olvidáis la misma y simplemente superestructuráis el deseo para la hora de la agenda que más os convenga? Cuando tenéis un impulso que no sois capaces de explicar, cuando sentís que debéis seguir una dirección concreta aunque os podáis a arrepentir toda la vida ¿podéis olvidar la pregunta de “qué hubiera pasado si..”?.

A lo mejor, aplicando la teoría del impulso, considerando que mis sensaciones son fruto de un impulso personal, también podría ser válido plantear las preguntas en origen más que en consecuencia, y sería cómo decir ¿a todo el mundo el alma le pide alguna vez con aprensión una sensación concreta? o ¿todo el mundo sería capaz de sentir dicha llamada? ¿todo el mundo es capaz de capaz de tener impulsos y de interpretarlos como tales? ¿habrá gente que nunca se pregunte “qué hubiera pasado si…”?

¿Habrá gente que nunca sienta hambre de sensaciones?

Si quieres aprender a hacer algo, debes hacerlo muchas veces

Thursday, April 10th, 2008

Una vez un músico que tocaba la guitarra como un dios me dijo… “Mucha gente me pregunta qué hay qué hacer para tocar la guitarra como yo la toco y yo siempre les digo lo mismo, para tocar así lo que hay que hacer es tocar. Tocar y tocar y tocar y tocar”.

Podríamos interpretar que lo que quiere decir es que para tener la habilidad que el tenía era necesaria la repetición. Pero la repetición no necesariamente debe ofrecernos una visión exclusivamente orientada al perfeccionamiento de una técnica.

Pero a lo de mi vida he ido perfilando ciertas aficiones, algunas de ellas puramente mentales y otras también físicas. He descubierto de manera personal cómo lo que un día era una inclinación se puede volver un dominio, pero este dominio se basa para mí en dos principios.

El primero, la experiencia. Es obvio que conforme cometes errores aprendes a no cometerlos. El segundo, una especialización fisiológica. Nuestro cuerpo no solo aprende conductistamente a repetir gestos o movimientos combinados de manera cada vez más natural, sino que se va construyendo para tal fin.

Podríamos pensar en este sentido, que una persona que hiciera cualquier tipo de actividad física que requiriera de grandes esfuerzos solo en una mano, podría desequilibrar la musculatura de su cuerpo, pero más allá de la construcción puramente nerviosa del organismo, considero que también se produce una reconstrucción neurológica. Dicho de una manera más genérica no solo se desarrolla el cuerpo sino también la sensibilidad.

Seguramente lo que este músico quiso decir que para tocar como él, no solo necesitas una técnica sino también una sensibilidad con el instrumento… pero realmente, tocando y tocando y tocando desarrollarás ambas cualidades. Tu cuerpo se especializará para esa actividad física y a partir de ahí abrirá las puertas de su percepción para la misma, con mayor o menor fortuna, según el caso.

En definitiva, yo creo que ser sensible es algo que se puede aprender… pero solo se consigue con una práctica intensa de la sensibilidad. La repetición de un acto nos aporta no solo los conocimientos sensibles, sino que nuestro equilibrio neuronal tiende hacia el mismo y se hace cada vez más sensible, para ir poco a poco, sumando nuevos matices descubiertos.

Para un poeta la frase podría traducirse como la suma de experiencias te suma entendimiento para nuevas experiencias. Para un matemático, que el ejercicio continuado del cálculo mejora la percepción espacial. Para un borracho, que con la edad se bebe mejor. Para un loco, que la vida te da a veces patadas que te duran toda la vida. Para Eddy es solo la teoría de que la evolución neurológica depende de los entrenamientos específicamente desarrollados en continuidad estable.

Quizás haya locos que se solo puedan curarse desarrollando con continuidad nuevas aficiones o prácticas diferentes a las anteriores. El problema, muchas veces, es descubrir qué eliminar y qué poner a cambio.

La complicación de expresar las sensaciones

Monday, April 7th, 2008

Las cosas que nos rodean, las que se mueven, las que movemos o las que no se mueven, las visibles y las invisibles, todo aquello que detectamos nos produce sensaciones. Pero compartir las sensaciones tiene para mí dos limitaciones de base. El lenguaje y la sensibilidad.

El lenguaje rara vez contiene términos para expresar matices aplicables a sensaciones con una diferencialidad suficiente. En el lenguaje, la mera existencia de la palabra universaliza y doctora la existencia de un ente. Por ejemplo, sabemos que existen ornitorrincos sólo porque nos llama la atención la palabra. La definición en sí que aporta un vocablo a un idioma, es en sí la constancia universal del concepto al que representan. Dicho de otra manera, las cosas que no existen, no tienen palabras para expresarlas y por ello, solo cuando comienzan a ser universales o compartidas, es cuando buscamos la necesidad de buscarle una palabra. Por tanto, el lenguaje muchas veces se limita a cosas sensibles anteriormente compartidas y posteriormente universalizadas más que servir como un medio efectivo para universalizar sensaciones no antes sentidas por un individuo.

De las misma manera que en tu grupo de amigos dais palabras a cosas que no las tienen y para las que algún encontráis la necesidad de expresar, aquellos que trabajan en sectores especializados como la abogacía, la construcción o la física, saben que necesitan tener un vocabulario específico al trabajar con situaciones comúnmente diferenciadas de las realidades que nos llevan a expresar una sensación.

Estas mejoras del lenguaje que ocurren en comunidades concretas se llaman jerga. Pero no disponemos de una jerga para los sentimientos ni para las sensaciones. Sabemos que el odio y el amor existen porque tienen definición, pero dentro de todos concurren sentimientos que no podrían entrar perfectamente en ninguna de las dos definiciones y esto muchas veces nos hace más costoso explicarlas.

En este sentido, la literatura romántica y metafórica puede considerarse como un arte en el que se expresan sentimientos o sensaciones de una manera más específica que las inicialmente nuestro vocabulario por defecto nos permite y en este sentido, gracias a la misma, podemos llegar a entender cuánto de compartidos pueden ser sensaciones que comúnmente en nuestras vidas entendemos imposibles de compartir y, por tanto, constatar con otros en qué sentido estamos de acuerdo o no con la misma.

El otro motivo por el que las sensaciones son complicadas de compartirse inteligiblemente es que se basan en la percepción y ésta siempre tiene las limitaciones genéticas o adquiridas con las que cada individuo convive. De la misma manera que nos sentiríamos frustrados a la hora de intentar hacerle expresar a un ciego el concepto de un color, las sensibilidades personales no siempre son compartidas por los demás. Independientemente de que existiera una frase para expresar una sensación, el compartir la sensación requiere de una sensibilidad par en el individuo al que se la expresamos. Es decir, para comunicar es necesario no solo expresar, sino compartir.

No quisiera dejar de perder la oportunidad de desmenuzar el concepto de sensibilidad para observar la enorme diferencia de sensibilidades que podemos tener en función de múltiples factores. Las sensaciones necesitan que hayan sentidos, no necesariamente los cinco universalmente admitidos, y es obvio que estos sentidos no son iguales en todos; pero en la sensibilidad también intervienen factores no solo de recogida de información, sino también de transmisión y asimilación de la misma, asociados en definitiva al correcto funcionamiento fisiológico de redes neuronas especializadas en estos menesteres y que pueden tener un mayor desarrollo en determinados individuos. En este sentido, la sensibilidad también depende de la capacidad de entendimiento, recuerdo y matización de respuesta anteriormente adquiridas.

Y en definitiva, ¿dónde nos deja todo esto? Por un lado, viene a decir que el desarrollo de un vocabulario especializado en sensaciones y el encontrar foros o medios de asimilación comunitaria son necesarios para poder compartir sensaciones. Pero por otro lado, siempre habrá individuos que tengan sensaciones, cruzadas o estimuladas, que nunca podrán expresar. Como si todo aquel que tuviera un don sensible estuviera condenado a nunca poder compartirlo.

Hay que intentar compartir las cosas, aunque desgraciadamente, lo que no se comparta nunca existirá objetivamente y por eso nunca habrá una palabra que lo exprese.